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Tal vez un día, no demasiado tarde, alguien me pueda explicar cómo hacer una valoración de un evento en el que participan amigos y amigas. La idea es que, evidentemente, puedo valorarlo como mejor me parezca, pero siempre me ha gustado ser mesurado y crítico y, con todo, conservar a los amigos. Empezaremos por decir que esta apreciación sobre Unicómic, el salón del tebeo celebrado en la Universidad de Alicante durante los días 23 al 25 de marzo de este año 2000 viene ya tintada por el mal humor que me supuso no poder venir en tren debido a la inopinada huelga de maquinistas de RENFE, que hicieron al que suscribe tener que perder dos horitas más de sueño de las que hubiesen sido adecuadas y que mermó la presencia de algún que otro invitado y/o interesado. Segunda advertencia: solamente puedo hablar del sábado, que fue el día que pasé por allí.
Tras eso, cabe comentar la escasa información que el enorme recinto ofrecía. Recuerdo los enormes vacíos del campus como un flashback de "El amigo americano", de Wenders. O algo así, una soledad tremenda, un vacío que te hacía dudar que allí se celebrase algo. Ese lugar, un sábado por la mañana, da la impresión de que antaño hubo una civilización en este planeta, pero que desapareció hace años sin dejar rastro... Para encontrar algún cartel había que trabajarse la mitad del campus, y, por citar un ejemplo, cuando uno había localizado el edificio en el que se llevaban a cabo las proyecciones (una enigmática y semicircular construcción denominada como Aulario II), ni siquiera los encargados de seguridad sabían precisar dónde se habían metido los de los tebeos. Por el ruido los pude localizar, a pesar del inexistente cartel que debería haber estado en la puerta. Ahí sí, el aula de nuevas tecnologías es un lugar impresionante para proyecciones: es su justa función, cosa que no se suele dar en los salones de comic. La gente tiende a llamar sala de proyecciones a cualquier cuartucho infecto con una tétrica televisión conectada a un video apestoso, y no era el caso.
La exposición de originales estaba cerrada el sábado, pese a los ímprobos esfuerzos de la organización por convencer a los aguerridos bedeles que se mostraban inflexibles ante los esfuerzos que se regalaban para que los visitantes pudiésemos ver las obras. Lo peor es que, además de explicarnos que no se podía, nos insistían en lo bien que estaba y la lástima que les daba que no la pudiésemos contemplar.
Después, por la tarde, los encuentros de Gary Frank y Scott Lobdell con el público fueron, a pesar de nuestras dudas iniciales, un éxito. Ambos autores se mostraron extremadamente colaboradores, contentos y amables. Frank es un caballero correctísimo sobre una mesa y Lobdell es, bueno, un tipo bastante divertido para tenerlo un rato cerca, si no entramos en detalles. Para que la gente se haga una idea, el chico ha trabajado de cómico de bar en USA. En cualquier caso, bastante divertidos, a pesar de que la traductora no tenía la más mínima idea de lo que era un tebeo. Con todo, la organización se ocupó de que siempre hubiese uno de sus miembros en la mesa con dominio del inglés para poder arreglar los pequeños desaguisados que iba haciendo la intérprete. Aparte de eso, la ausencia de algún stand de venta y de, al menos, una máquina de coca-colas en funcionamiento dejó algo cojo el evento en su clausura.
Si me preguntáis, la verdad, un evento pobre, pero digno. Honrado, esforzado y que promete ser un referente de cómo hacer un salón serio, si bien necesita de promoción y esfuerzo.
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