Cada tanto aparecen en los medios imágenes de los efectos devastadores del hambre en el mundo mientras los países ricos hacemos dieta para adelgazar. En realidad son imágenes de la guerra. Porque no sólo la sequía provoca el hambre, sino también la guerra y sus secuelas de refugiados que abandonan casa y trabajo, y sus elementales estructuras socioeconómicas. Y ¿quién hace, quién provoca las guerras? Las guerras las hacen los países ricos en los países pobres, para incrementar sus zonas de influencia y controlar la riqueza del lugar: petróleo, minerales, mano de obra barata. Sus servicios de inteligencia azuzan luchas tribales o de partidos, y son ellos los que les venden o regalan armas. ¿Quién si no fabrica armamento? A nadie se le escapa que los países fabricantes de armas no las necesitan para su defensa sino para venderlas, traficar con ellas y añadir los beneficios a su propio bienestar. En la fabricación de armas no cuenta ni la moral ni la muerte que provocan. ¿Por qué es ilegal el tráfico de drogas responsable de un número infinitamente menor de muertes que las armas cuya fabricación en cambio es primorosamente legal y legítima? Pero ¿a quién le importa todo esto? ¿Qué partido político español o no, de izquierdas o de derechas, menciona la fabricación de armas y su tráfico y venta incluso a países donde la ONU ha decretado el embargo? Nos hablan, esto sí, de derechos humanos, pero no del derecho a la vida que arrebatan nuestras armas y nuestras minas. Nos hablan también de bienestar y esto es lo único que nos interesa, lo único que a ellos les hace ganar o perder elecciones. Nadie menciona la responsabilidad a que nos hace acreedores nuestro taimado silencio. Decimos que desconocemos lo que ocurre, que nada podemos hacer. Y no es cierto. Siempre queda la solución de protestar, de querer saber, de denunciar. Pero ¿quién protesta en un mundo de electrodomésticos, novedades electrónicas, lujo y apariencia? Nadie. Y sin embargo, nos guste o no, somos nosotros, los ciudadanos de los países ricos, los responsables de los niños mutilados y famélicos, de los civiles despedazados o muertos, de las caravanas de refugiados en harapos, de los ejércitos infantiles que bebidos y drogados van con un arma a matar y a morir.
Vean si pueden en Barcelona la exposición Los niños de la guerra del fotógrafo de guerra Gervasio Sánchez, o el libro del mismo título editado por Leopoldo Blume Editor. Denuncias así inician el camino del conocimiento y de la responsabilidad.