SYNAPSIS
Artículo nº:229
Título:Principio y Fin
Autor:Ricardo Martínez Cantú
Fecha de creación:?
Fecha de publicación:19-Marzo-2000
Anteriormente publicado en:-
El universo desde aquí

Las navajas solares invisibles
diseccionan en gajos a la Luna 
mientras la espada de láser de la aurora
corta, con un tajo impecable,
el cóncavo nocturno cascarón
...y el mundo nace al universo.

Líneas imaginarias establecen
secretas conexiones estelares:
hilos de telaraña que se enredan
en redes inconmensurables
para atrapar planetas que -inexpertos-
giran encandilados
alrededor del Sol.

La tridimensional
estructura de las constelaciones
parcela -poniendo límites palpables-
la amplitud indefinida de los cielos
y señala caminos circulares
que exigen regresar al trasladarse
y dar vuelta a la izquierda o la derecha
antes de conseguir seguir
hacia delante.

Las noches  y los días
y las noches
cuadriculan el tablero de los tiempos
e imponen sus reglas implacables
a quienes deberemos avanzar
por sus monótonas casillas bicolores
que -como efímeras habitaciones-
cierran sus puertas para siempre a nuestra espalda
y luego se disuelven suavemente
en el ayer que existe en la memoria.


Los exploradores Anfibios con armadura de hierro en ocasiones o cubiertos con polimérica piel de manzana artificial cuando conviene, carcaza que es transfigurada -en el momento justo- de acuerdo a las precisas instrucciones de programas subconscientes, quienes fabrican y sustituyen no sólo la envoltura y su diseño, sino cualquier engrane del propio mecanismo corporal que lo requiera, incluidos -por supuesto- los propios programas y sus instrucciones. Variados géneros de máquinas de pensamiento imperturbable y entereza corporal a toda prueba. Íntegras y estables sin importar las circunstancias y en los ambientes más devastadores y diversos: en el agua y en la tierra, en el aire y en el fuego, en el éter y el vacío. Impasibles lo mismo bajo la tremenda presión que impera en el núcleo de una estrella que se colapsa sobre sí misma, que cuando se encuentran expuestas a la fuerza succionante de la cero gravedad. Peces metálicos cubiertos con escamas de diamantes facetados y que flotan indolentes en el espeso líquido de la materia oscura. Motorizadas mariposas girando -encandiladas- en el horizonte de sucesos de los agujeros negros para atrapar las antifísicas partículas que logran escapar de la atracción. Sintéticas anguilas de mercurio que impunes atraviesan los laberintos de máxima complejidad de los canales de gusano. Y dirigibles autodirigidos que destejen las telarañas de diez dimensiones que se ovillan y compactan en el interior de las supercuerdas y que hacen estallar flamantes universos dentro del universo cuando se desenredan. Entidades mecánicas -todas ellas- e inteligentes, aunque ignorantes de los dioses orgánicos que -en el pasado remoto- las produjeron; desconocedoras de los humanos organismos que no las diseñaron por generosidad, sino de acuerdo a su propia conveniencia: buscando fabricar vehículos de escape de un mundo desahuciado que no era ya propicia residencia. Sin embargo, aunque las naves pervivieron han olvidado que son naves. Ya no recuerdan su genealogía pues su memoria sólo alcanza hasta unos cuantos miles de milenios: la edad puntual de aquél que -en un momento dado- sea el más antiguo de sus componentes cibernéticos, los cuales son mudados con periodicidad. Antes de ese lapso no hay historia. Atrás de ese momento es el tiempo sin tiempo de los mitos. Y ni siquiera los más remotos mitos hablan de vida ni recuerdan a los hombres. Además, los mitos son sólo fantasías: sueños para llenar la prolongada duración de las jornadas estelares, pues cualquier mecanismo que se precie de ser medianamente perspicaz sabe perfectamente bien que el universo siempre estuvo habitado por las distintas especies de viajeros, por los diversos artefactos que atraviesan el espacio a la búsqueda de meteoritos y de soles, de polvo intergaláctico, de cometas errantes; de la materia prima que requieren para generar abundantes duplicados de sí mismos, o para reparar o elaborar los tangibles accesorios que deben ser constantemente reemplazados según se van deteriorando de acuerdo con la ley que rige al tiempo. Y, a fin de cuentas, qué otros entes podría haber en un ambiente tan hostil como el del caos sino máquinas que han logrado aclimatarse -por un proceso de compleja selección- para viajar por el vacío negro, para atravesar por una inmensidad de tal naturaleza que no crece únicamente en apariencia, sino que efectivamente se agiganta a una velocidad que sobrepasa en mucho la rapidez lumínica de los viajantes. Lo que, por consecuencia, trae que entre más amplio el territorio conquistado es menor la porción universal que se domina y que el avance de la colonización sea un hecho despreciable que muy bien pueda conceptuarse como inmovilidad.
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