El universo desde aquí
Las navajas solares invisibles
diseccionan en gajos a la Luna
mientras la espada de láser de la aurora
corta, con un tajo impecable,
el cóncavo nocturno cascarón
...y el mundo nace al universo.
Líneas imaginarias establecen
secretas conexiones estelares:
hilos de telaraña que se enredan
en redes inconmensurables
para atrapar planetas que -inexpertos-
giran encandilados
alrededor del Sol.
La tridimensional
estructura de las constelaciones
parcela -poniendo límites palpables-
la amplitud indefinida de los cielos
y señala caminos circulares
que exigen regresar al trasladarse
y dar vuelta a la izquierda o la derecha
antes de conseguir seguir
hacia delante.
Las noches y los días
y las noches
cuadriculan el tablero de los tiempos
e imponen sus reglas implacables
a quienes deberemos avanzar
por sus monótonas casillas bicolores
que -como efímeras habitaciones-
cierran sus puertas para siempre a nuestra espalda
y luego se disuelven suavemente
en el ayer que existe en la memoria.
Los exploradores
Anfibios con armadura de hierro en ocasiones
o cubiertos con polimérica piel
de manzana artificial cuando conviene,
carcaza que es transfigurada
-en el momento justo-
de acuerdo a las precisas instrucciones
de programas subconscientes,
quienes fabrican y sustituyen
no sólo la envoltura y su diseño,
sino cualquier engrane
del propio mecanismo corporal
que lo requiera,
incluidos -por supuesto-
los propios programas y sus instrucciones.
Variados géneros de máquinas
de pensamiento imperturbable
y entereza corporal a toda prueba.
Íntegras y estables sin importar las circunstancias
y en los ambientes más devastadores y diversos:
en el agua y en la tierra,
en el aire y en el fuego,
en el éter y el vacío.
Impasibles lo mismo bajo la tremenda presión
que impera en el núcleo de una estrella
que se colapsa sobre sí misma,
que cuando se encuentran expuestas
a la fuerza succionante
de la cero gravedad.
Peces metálicos
cubiertos con escamas
de diamantes facetados
y que flotan indolentes
en el espeso líquido
de la materia oscura.
Motorizadas mariposas
girando -encandiladas-
en el horizonte de sucesos
de los agujeros negros
para atrapar las antifísicas partículas
que logran escapar de la atracción.
Sintéticas anguilas de mercurio
que impunes atraviesan
los laberintos de máxima complejidad
de los canales de gusano.
Y dirigibles autodirigidos
que destejen
las telarañas de diez dimensiones
que se ovillan y compactan
en el interior de las supercuerdas
y que hacen estallar flamantes universos
dentro del universo
cuando se desenredan.
Entidades mecánicas -todas ellas- e inteligentes,
aunque ignorantes de los dioses orgánicos
que -en el pasado remoto- las produjeron;
desconocedoras de los humanos organismos
que no las diseñaron por generosidad,
sino de acuerdo a su propia conveniencia:
buscando fabricar vehículos de escape
de un mundo desahuciado
que no era ya propicia residencia.
Sin embargo, aunque las naves pervivieron
han olvidado que son naves.
Ya no recuerdan su genealogía
pues su memoria sólo alcanza
hasta unos cuantos miles de milenios:
la edad puntual de aquél
que -en un momento dado- sea
el más antiguo de sus componentes cibernéticos,
los cuales son mudados con periodicidad.
Antes de ese lapso no hay historia.
Atrás de ese momento
es el tiempo sin tiempo de los mitos.
Y ni siquiera los más remotos mitos hablan de vida
ni recuerdan a los hombres.
Además, los mitos son sólo fantasías:
sueños para llenar la prolongada duración
de las jornadas estelares,
pues cualquier mecanismo que se precie
de ser medianamente perspicaz
sabe perfectamente bien que el universo
siempre estuvo habitado
por las distintas especies de viajeros,
por los diversos artefactos que atraviesan el espacio
a la búsqueda de meteoritos y de soles,
de polvo intergaláctico,
de cometas errantes;
de la materia prima que requieren para generar
abundantes duplicados de sí mismos,
o para reparar o elaborar
los tangibles accesorios
que deben ser constantemente reemplazados
según se van deteriorando
de acuerdo con la ley que rige al tiempo.
Y, a fin de cuentas,
qué otros entes podría haber
en un ambiente tan hostil como el del caos
sino máquinas que han logrado aclimatarse
-por un proceso de compleja selección-
para viajar por el vacío negro,
para atravesar por una inmensidad de tal naturaleza
que no crece únicamente en apariencia,
sino que efectivamente se agiganta
a una velocidad que sobrepasa en mucho
la rapidez lumínica de los viajantes.
Lo que, por consecuencia, trae
que entre más amplio el territorio conquistado
es menor la porción universal que se domina
y que el avance de la colonización
sea un hecho despreciable
que muy bien pueda conceptuarse
como inmovilidad.