En la obra de Juan Domingo es necesario tener en cuenta
más de una cosa. Si nos ajustamos al fondo de sus producciones, el
autor plantea una seria reflexión, aunque cruda, sobre los distintos procesos
por los que el sistema que nos atosiga por todas partes, nos lava el cerebro
desde bien niños, para que podamos tragar con lo que sea: y tragamos.
Todo este desentrañamiento de la realidad de los discursos que absorbemos
como golosinas se realiza con una rudeza que, algunos, juzgan
excesiva pero que resulta la única posible para enfrentarnos con una realidad
que, por sabida y absorbida, no queremos ver. Igual de fácil nos resultaría
comprender su obra como una repetición de las actividades del Ángel Exterminador
(Ex. 12, 23.) desarrolladas dentro de los nuevos patrones del net-art
y del arte digital (en
otros lugares ya planteé la aparición de un Principio Angélico
que explicaría parte de la producción artística que encontramos estos días),
ambos tipos de arte poseen la característica común de verse desmaterializados
por la pérdida de su fisicidad al recurrir a soportes no atómicos, según la
expresión que le gusta emplear a Nicholas Negroponte, conocido
guru de la era digital, porque la materia de su realidad la constituyen los
puros bits del código booleano que sustenta la nueva infoesfera por la que
nos movemos, "Un bit no tiene color, tamaño ni peso y viaja a la
velocidad de la luz. Es el elemento más pequeño en el ADN de la información.
Es un estado de ser: activo o inactivo, verdadero o falso, arriba o abajo,
dentro o fuera, negro o blanco" (El Mundo Digital. Barcelona, Ediciones
B, 1995. 28); además de profundizar en el estado de perpetua
violencia en que nos encontramos, para ensalzar como protagonistas,
como actores, a los sujetos pasivos de la violencia de los media. Todos conocemos
la violencia con que, un día tras otro, desayunamos, cenamos y sesteamos,
auxiliados por esa caja que nos tiene a todos tontos, también reconocemos
que a quien más tontos tiene es a los niños, dicen que por
su ingenuidad, o debilidad, pero todos sabemos que un niño es el hombre
en su estado más cruel. Y aquí entran en liza los personajes del
autor, los niños recosidos en sus caras y cráneos trepanados hasta sólo dejarles
en mente esa animalidad lerda con la que les vemos brincar
de un estómago a una cabeza, hasta hacernos papilla. Esos niños, sujetos
pasivos de la violencia, dejan de ser metáfora para convertirse en
imagen clara del proceso de lobotomización en que terminan con una sola idea,
que muy bien conocen los media, ésos son los querubes protagonistas
de la obra. Como la escuela gore le satisface, se recrea
en los caracteres y las escenas hasta meternos en una película que puede ser
cualquier pasaje cotidiano de las mejores del género, pero no por la vana
satisfacción hemática, sino para recordarnos lo que estamos haciendo
con los niños que todos fuimos, lo que nos hacemos cada día en los
media que nos dirigen hacia el estado de letargo y mal común,
y tan acorde con las órdenes recibidas por el referido Ángel Exterminador.
Esto nos acerca a las formas de sus obras. Procedente de la pintura, pronto
se interesa por los nuevos soportes digitales (campo todavía
por explorar entre los artistas valencianos), sobre todo por el cederrón,
y las facultades que éstos poseen de dar pie al espectador para participar
en ese desentrañamiento que ya traté más arriba; así, el recurso
a los nuevos soportes que permiten la interactividad no es
más que directa consecuencia del análisis previo sobre el mundo que se nos
quiere enfrentar, desde la crudeza de unas imágenes que no buscan la complicidad
sino la profundidad de la realidad desnuda; dar pie a la relación
entre el espectador y estas imágenes, es devolver al sujeto la capacidad de
rehacerse ante el espejo que se le ofrece a cada secuencia. De esta
manera su obra en línea nos enfrenta a la interesante contradicción contemporánea
de rescatar lo angélico (su inmaterialidad) desde la más
matérica hemoglobina.