La desventura de los incendios fue la causa de los retoños
Sin ir entenderé que el sol no lastima los sueños de la paloma,
que el arrecife no se atormenta en las noches de mar oscuro.
Sin ir y sin nacer otra vez,
me es posible recordar aquellos traslados.
Vivo y siento los deslaves de mi sangre india:
Piedra que Palmea las Aguas
se llamaba mi abuela,
cazó y casó con Guarumo Pintado
muchos armadillos y conejos patirrítmicos.
A las dos de la tarde vio el mundo mis ojos
y decidió que eran buenos.
La sequía de aquellos años
secó los pechos de mi madre:
Destello de Luna en Ojos de Nutria.
Era la época en que se podía ser
hijo único de las vacas, las cabras
y otras hembras del campo abierto.
Me arrullaron las patas de los jaguares
y la piel tiznada de mi niñez no supo de aguas mansas.
Me revolcaron los ríos tanto como para no olvidar
los bigotes danciquietos del bagre.
Me tomaron de las manos los bejucos
y aprendieron a caminar estos pies.
Rondaron mis veredas
loros, cacatúas y serpientes
y aprendieron a requerir estos labios
guayabas, nísperos, zarzamoras
y otras frutas cercanas a los pastizales.
Cuando papá corrió en busca de otras raicilumbres,
me adoptaron los encinos.
El halcón peregrino, padre de mi vuelo,
me llevó sin rienda por los altos del trópico.
Soy ahijado predilecto del mar Caribe y otras plantas.
Qué huracán entonces podrá tumbar estos huesos.
A Gerardo, por haber nacido en los matorrales y ser el cómplice de las guitarras perdidas.
Dale a luz mamá,
ya quiero que mire el río.
Ya quiero enseñarle a trepar los peldaños del guayabo,
los secretos de la iguana
y la forma más verdiflorida de sembrar un caracol.
Dile mamá cuando lo veas,
que susurré su nombre en las orillas del lago,
seguí las huellas frescas de los tapires
y pude ver el pollito de monte,
la espalda del duende
y la luna llena surcando los cafetales.
Que ya le tengo listo su caballo
y su barco.
Que mañana y cuando despierte la noche,
le explicaré la manera en que las ardillas escalan el pino.
Dale cuando lo veas, mamá,
esta ranita.
De música y pan están hechos los ángeles
Vuelan y vuelven los velámenes,
en sus violines vibran los colibríes.
Una parvada de lunas es acorralada,
se revienta la noche en pequeños incendios.
El mar coriazuli recorre los campos,
un bosque tropical,
un delfín.
Él viene y se resiste
a cambiar el rumbo.
La balsa plurierrante sustenta su cuerpo
más suyo que nunca.
En la ribera próxima al amanecer,
unos pies descalzos,
un cumbo
una amaca
una mata de café
a punto
de ser cocechada.
Traslación
Añoro el verde de mi niño polen
el olor a barro recién formado
los pies descalzos galopando el trino
Extraño a mi padre y su amanecer sin rumbo
la noche y su canción de lunas
el perro
la montaña
el duende
Corro
corremos
corre
mi hermano pequeño
es una mariposa palpitando
Nos acantilamos
a beber el abismo
Vuelo
Vuela
Volamos
Junco
Te mueres,
anidan tus alas en el vuelo triste de mis labios,
mi dolor juega a ser canción,
espinosa nostalgia,
sangre arrepentida.
Tal vez vuelvas cuando la tarde cambie,
pero es verano
y la luz es intransigente.
Retumba tu ausencia,
se precipita lejana,
deforme.
Más arriba, mis manos,
se niegan a decir adiós