SYNAPSIS
Artículo nº:187
Título:La obsesiva ignorancia de la historia
Autor:Imanol Villa
Fecha de creación:Junio-1999
Fecha de publicación:22-Agosto-1999
Anteriormente publicado en:El Correo (9-Junio-1999)

La paz puede ser insoportable. Producto del hábil arte de la contradicción donde lo fundamental se cambia por la eficaz precariedad del equilibrio. Evidencia de una solidaridad cínica y ridícula bajo la cual muchos han ocultado las miserias de sus lucrativos negocios. Los mismos que les empujan al absurdo ejercicio de convertir al criminal en el valedor imprescindible para el nuevo pacto de estabilidad. Premisa inapelable del pensamiento único, donde la ignorancia es una opción válida y rentable siempre y cuando se reivindique desde la voluntariedad más absoluta. Es el olvido de la Historia. La elección del camino más corto. Terca negativa a reflexionar sobre las claves de una realidad confusa.

Estamos abocados al fracaso. Al más absoluto de los ridículos. Producto de una extraña ansiedad que, en resumen, no es más que el compendio dramático de unos errores obsesivos. De nuevo, las mismas cartas de antaño, sobre la mesa. El juego estratégico de los Balcanes responde a una falsa imagen preconcebida que Occidente desea para el flanco Sur de Europa. Por ello, Milosevic, en toda su repugnancia, es el mejor aliado. El apóstol de la paz. No interesa que el juego político serbio acabe complicando un frágil equilibrio que beneficia a todos. Tampoco se ha de dar lugar a que los kosovares introduzcan perturbadoras reivindicaciones independentistas. Nadie les ha preguntado. Como víctimas, hacen su papel, engrosando las largas listas de adhesiones de miles de ciudadanos que, desde la seguridad de sus hogares, se sacuden la abulia cuando algún que otro desarrapado cuenta su lacónica existencia más inmediata. Son los damnificados de un conflicto que, bajo burdas proclamas humanitarias, ha ocultado de manera cínica sus verdaderas causas.

Milosevic siempre ha sido el elegido. En 1995, las potencias aliadas santificaron su mandato a cambio de aceptar lo que de facto era inevitable. Los acuerdos de Dayton ajustaban la Europa balcánica a las diferentes realidades nacionales. Serbia recogía así el testigo de la antigua Yugoslavia. Kosovo, Vojvodina y Montenegro pasaban a formar parte de un proyecto nacional que, actualizado, se había convertido en el discurso homogeneizador de gran parte de la clase política serbia. Toda legitimación del poder pasaba, obligatoriamente, por la exaltación nacional de la grandeza y el futuro glorioso del pueblo serbio. Eran las voces ahogadas por el proyecto unificador de Tito. Bajo su mandato, los serbios se habían llevado la peor parte. El momento de clamar por la Gran Serbia había llegado.

De nuevo se olvida la Historia. Los hoy salvadores de la humanidad obviaron la especificidad kosovar. Aceptaron la política de represión que desde 1989 habían desplegado los serbios. Santificaron, así, una realidad a la que, ahora, no ponen remedio, sino que, simplemente, dan tratamiento. De forma cruel, quieren que la víctima conviva con el verdugo. Aunque sin saber ni cómo, ni cuándo. Por eso, el pacífico Rugova dice, aunque en voz baja, que la independencia sería la solución más deseable. No hay otra. Kosovo evidencia la necesidad de redefinir los Balcanes. Exige un ejercicio de comprensión y contextualización de todos los procesos que han hecho que la cuestión nacional sea el eje vertebrador de la dialéctica política en la zona. Impone la necesidad de profundizar en alternativas sustitutorias de ese discurso. Y, sobre todo, reclama que dicho cambio surga de la propia experiencia histórica del pueblo serbio. El nacionalismo no puede ser por más tiempo el argumento legitimador del poder. Ellos conocen la tolerancia que, lejos de las críticas hacia un sistema caduco, les aportó un socialismo peculiar basado en la autogestión y la descentralización. Ellos han de renovar su concepción del Estado y del poder. El pueblo ha de reivindicarse como protagonista único en ese deseable proceso de integración. Esa es la razón que empuja a no olvidar el pasado. Se ha de repetir una y otra vez. Hasta terminar con la imagen mediática de esta gran mentira escandalosa. Sólo así será posible el ejercicio de empatía que esta zona de Europa merece.

Sin embargo, la Historia ha dejado de ser un argumento válido. Nadie nombra, excepto unos cuantos insensatos, la autodeterminación de Kosovo como respuesta a una realidad más exacta. Los actos vienen guiados por una extraña obcecación de dejar las cosas como estaban. El poder serbio bien podría mirar hacia otro lado. Nadie se lo impediría si así todo quedara en una cuestión interna. Por eso, Montenegro tiene miedo. Esa es la razón por la que nadie se acuerda de Vojvodina. Kosovo era la clave para una guerra indeseable. Más allá de las fronteras yugoslavas.

Todo permanece. Milosevic se queda y sonríe. La OTAN, por su parte, será la garantía material del equilibrio. No importa bajo qué bandera. Sólo interesa la paz. Esa insoportable paz que, una vez más, dejará una herida abierta en los Balcanes.

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