Poemas
por Ricardo Martínez Cantú / Febrero'99

Los placeres capitales

 

No sólo el pavorreal,

sino también el tigre y la magnolia,

la nube y el arroyo

disfrutan el placer de ser hermosos.

 

No sólo las palomas y las tórtolas

conocen el deleite del amor.

También los lobos.

Y los sexuados guayabos olorosos.

Y el viento que se frota contra el mar

y el erizado mar felino

que arquea complacido

su lomo contra el viento.

 

Orugas y langostas

saben muy bien del buen comer.

Y caracoles, nogales y montañas

del perezoso placer de descansar,

de atravesar la vida sin zozobras.

 

Las urracas, geranios y cristales

especialistas son en encontrar

prodigiosos resplandores que atesoran

como su más preciado bien.

 

Y hay quien goza sabiéndose temible,

como los huracanes y dragones,

rinocerontes, tiburones y volcanes

que estallan en rugientes llamaradas.

 

Y hasta aquellos que parecen poca cosa

-las hormigas, los guijarros y los tréboles-

están tan orgullosos con su ser

que no se cambiarían por ninguno.

 

Y a pesar de tantos gozos y placeres,

de tantos y tantos deleites y delicias,

nadie menciona nunca

a la ira, la envidia o la soberbia.

Nadie jamás dice avaricia,

lujuria, pereza o gula.

 


Santo remedio

Para Felícitas, con un beso

Como todo mundo ya sabe

no hay mejor receta que los besos.

 

Los besos sirven prácticamente para todo:

Permiten enfrentar con éxito complicadas circunstancias

y solucionan alrevesados y laberínticos embrollos.

Ponen término feliz al centenario sueño de las princesas encantadas,

devuelven al sapo su original aspecto humano

y aplacan -mejor que las lanzas, las espadas y las cachiporras-

a cíclopes, gigantes y otras horribles bestias.

Convierten en dragón al ratoncito,

espantan los espantos

y hacen que el diablo retroceda y salga huyendo

con el rabo entre las piernas.

 

También son útiles agilizando la curación de las heridas

y la desinflamación de los porrazos.

Apresuran el restablecimiento de los enfermos

y pueden, en ocasiones, resucitar a los muertos

(si bien es cierto que esto último sólo suele suceder

en los sagrados textos y en el cinematógrafo).

 

Son indispensables en el amor:

se puede amar físicamente sin que los genitales se aproximen,

pero no sin que los labios entren en contacto.

Y es posible también enviarlos a distancia

haciéndolos cruzar espacios abismales,

pues los besos son capaces de volar en las alas del viento

con más premura que la luz.

 

Ahora bien -y amén de sus aplicaciones-,

los besos son un gusto por sí mismos.

son fuente de alegría y de consuelo,

nos hacen recobrar el ánimo: nos reconfortan.

Proporcionan placer a quien los da

y es todo un privilegio recibirlos.

Es posible además intercambiarlos (como si fueran estampas),

obteniendo un beso -o muchos- a cambio del que damos;

o hacer que vayan y vengan (como pelotas de ping pong),

recibiendo de vuelta y de inmediato

el beso que acabamos de entregar

y potenciando al infinito el gusto de besar.

 

Sin embargo, y como todas las cosas de este mundo,

los besos no están libres de empleo inadecuado.

Los cristianos suelen valerse de ellos

para traicionarse unos a otros,

y sus abuelas -como Dalila o Eva- sabían utilizarlos

para tenderles trampas a sus desprevenidos compañeros.

Y tenemos también a los rastreros

que acostumbran -como una tradición-

poner los besos en los pies (o en un lugar aún más pestilente)

de exigentes y tristes poderosos.

Los cuales a su vez hacen lo mismo

con aquéllos que están localizados en el próximo escalón.

 

Y a propósito de besos y de abusos,

digamos que a los besos -aunque puedan volar-

no hay que hacerlos circular como volantes, sin ton ni son,

sino siguiendo siempre el son del corazón;

pues prodigados pierden efecto:

mengua su grandeza, se debilita su fuerza

y se vuelven insignificantes sus significados.

 

Es necesario, a veces, restringirlos para más y mejor disfrutarlos.

Saber administrarlos y, una vez dados, saberlos prolongar,

haciéndolos durar lo más posible.

No derrocharlos más que en situaciones especiales,

con las personas indicadas

y en los momentos adecuados y precisos.

 


De tanto en tanto

 Un tanto para Fernando

y otro tanto para Mary.

En tanto que el momento se construya

en tanto firmamento inalcanzable

y en tanto el firmamento inalcanzable

en tanto amanecer no se diluya,

habrá un tiempo irreal recuperable.

 

En tanto que el desierto se transforme

en tanto transparente territorio

y en tanto el transparente territorio

en tanto devenir no se deforme,

habrá lugar para lo transitorio.

 

Y en tanto que el amante se ennoblezca

en tanto loco amor santificado

y en tanto el santo amor disparatado

en tanto atardecer nunca anochezca,

habrá un vivir realmente aprovechado

y habrá un morir de amor que prevalezca.


El sentido de la vida

 

Música tan envolvente

-de ritmo tan cadencioso-

que solamente en voz alta

logro oír mis pensamientos.

 

Luminosidad tan tenue

-resplandor tan apagado-

que encender debo las sombras

para poderte mirar.

 

El olor de los jazmines

resulta tan penetrante

que deberás desnudarte

para que pueda aspirar

tus aromas de mujer.

 

Pero dominas el gusto:

tu sabor definitivo

no me deja distinguir

lo salado de lo dulce,

aunque logro percibir

en lo agrio lo sabroso.

 

Y tu tacto con mi piel

-mi contacto con tu tacto-

es tan ligero y volátil

-tan volátil y profundo-

que se mantendrá pulsando;

que continuará vibrando

cuando yo sea un esqueleto

que sólo esqueleto sea.

 


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