La flor prometida
por el Subcomandante Marcos / Agosto'97

El texto que reproducimos a continuación es una epístola del subcomandante Marcos a todas las gentes que alrededor del mundo se sienten solidarios con los ideales y la lucha de su gente, y va muy especialmente dirigido a los intelectuales y artistas españoles firmantes del manifiesto Una salida política para el conflicto de Chiapas , el cual había sido divulgado en el diario madrileño El País a fecha del 21 de febrero de 1995. Este texto, la respuesta de Marcos en nombre del EZLN, fue publicado originariamente en el mismo periódico el 29 de marzo de 1995 bajo el título La flor prometida.*

  • A los hombres y mujeres que, en lenguas y caminos diferentes, creen en un futuro más humano y luchan por conseguirlo hoy.

    Hermanos:

    Existe en este planeta llamado Tierra, y en el continente que llaman americano, un país cuya figura parece haber recibido un gran mordisco por el oriente y que, por occidente, clava en el océano Pacífico un brazo para que los huracanes no lo alejen mucho de su historia. Este país es conocido por nacionales y extranjeros con el nombre de México. Es su historia una larga batalla entre su deseo de ser él mismo y las ganas extrañas de arrebatarlo para otra bandera. Este país es el nuestro.

    Nosotros, nuestra sangre entonces en la voz de nuestros más grandes abuelos, ya lo caminábamos cuando no era todavía su nombre ése. Pero luego, en esta lucha de siempre, entre ser y no ser, entre estarse e irse, entre ayer y mañana, llegó en su pensamiento de los nuestros, ahora con sangre de dos razas, que se llamara México este pedazo de tierra y agua y cielo y sueño que tuvimos nosotros porque regalo era de nuestros más anteriores. Entonces fuimos otros con más y entonces cabal estuvo la historia que así nos hizo porque nombre tuvimos todos los que así nacíamos. Y mexicanos nos llamamos y nos llamaron. Luego, la historia se siguió dando tumbos y dolores. Nacimos entre sangre y pólvora, entre sangre y pólvora nos crecimos. Cada tanto venía el poderoso de otras tierras a querer robarnos el mañana. Por eso se escribió, en el canto guerrero que nos une, Mas si osare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo, piensa, oh Patria querida, que el cielo un soldado en cada hijo te dió . Por eso peleamos ayer. Con banderas y lenguas diferentes vino el extraño a conquistarnos. Vino y se fue.

    Nosotros seguimos siendo mexicanos porque no se nos daba estar a gusto con otro nombre ni se nos daba en caminar bajo otra bandera que no fuera la que tiene un águila devorando una serpiente sobre fondo blanco, y con verde y rojo a los flancos. Y así lo pasamos. Nosotros, los habitantes primeros de estas tierras, los indígenas, fuimos quedando olvidados en un rincón y el resto empezó a hacerse grande y fuerte y nosotros sólo teníamos nuestra historia para defendernos y a ella nos agarramos para no morirnos. LLegó así esta parte de la historia que hasta parece de risa porque un sólo país, el país del dinero, se puso por encima de todas las banderas. Y entonces ellos dijeron globalización y entonces nosotros supimos ya que así le llamaban a este orden absurdo en que el dinero es la única patria a la que se sirve y las fronteras se diluyen, no por hermandad, sinó por el desangre que engorda a los poderosos sin nacionalidad. La mentira se hizo moneda universal y en nuestro país tejió, sobre la pesadilla de los más, un sueño de bonanza y prosperidad para los menos. Corrupción y falsedad fueron los principales productos que nuestra patria exportaba a otras naciones. Siendo pobres, vestimos de riqueza nuestras carencias y, tanta y tan grande fue la mentira, que acabamos por creer que era verdad. Nos preparamos para los grandes foros internacionales y la pobreza fue declarada, por voluntad gubernamental, un invento que se desvanecía ante el desarrollo que gritaban las cifras económicas. ¿Nosotros? A nosotros más nos olvidaron, y ya no nos alcanzaba la historia para morirnos así nomás, olvidados y humillados. Porque morir no duele, lo que duele es el olvido. Descubrimos entonces que ya no existíamos, que los que gobiernan nos habían olvidado en la euforia de cifras y tasas de crecimiento. Un país que se olvida de sí mismo es un país triste, un país que se olvida de su pasado no puede tener futuro. Y entonces nosotros nos agrarramos a las armas y nos metimos en las ciudades donde animales éramos. Y fuimos y le dijimos al poderoso ¡Aquí estamos! y a todo el mundo le gritamos ¡Aquí estamos!.

    Y miren lo que son las cosas porque, para que nos vieran, nos tapamos el rostro; para que nos nombraran, nos negamos el nombre; apostamos el presente para tener futuro; y para vivir... morimos. Y entonces se vinieron los aviones y los helicópteros y los tanques y las bombas y las balas y la muerte y nosotros nos fuimos de regreso a nuestras montañas y hasta allá nos persigíó la muerte y muchas gentes de muchas partes dijeron Háblate y los poderosos dijeron Hablemos y nosotros dijimos Bueno, pues hablemos y nos hablamos y les dijimos lo que queríamos y ellos no muy entendían y nosotros les repetíamos que queríamos democracia, libertad y justicia y ellos ponían cara de no entender y revisaban sus planes macroeconómicos y todos sus apuntes de neoliberalismo y esas palabras no las encontraron por ningún lado y no entendemos nos decían y nos ofrecían un rincón más bonito en el museo de la historia y una muerte a más largo plazo y una cadena de oro para amarrar la dignidad.


*Este texto constituye la primera de dos partes
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