Ha pasado un año. Las circunstancias son diferentes, los compañeros de viaje también.
El cartel es diferente... la ilusión es la misma, la emoción que implica acercarse al
recinto, reconocer aquel lugar donde hiciste varias horas de cola, aquel río que olía tan
mal... la emoción de pensar que, durante dos días, puedes olvidarte del mundo, de todo eso
que queda fuera y que ahora dejas atrás, dos días en los que la música será, más que nunca,
la razón última que te hace pensar que sí, que al final merece la pena aguantar todo
aquello... tantas cosas... tanta basura, tantas frustraciones, tantos momentos en los que
sientes el mundo como algo totalmente ajeno, totalmente extraño, impuesto... durante dos
días, ese mundo simplemente no existe; sólo la música, y lo que tú quieras añadirle. Dos
días para conectar con toda esa gente que sabes que existe pero que tan difícil es de
encontrar a veces, disfrazada, como tú mismo, de gente normal, diluida en la mediocridad
de ese montón de almas vacías que nos hacen, tantas veces, sentirnos culpables de existir.
Por eso un festival es algo más, mucho más, que un simple conjunto de conciertos, es toda una celebración, de tu individualidad y de tu libertad para expresarla, en la forma que
mejor te parezca, sin que nadie te juzgue. Y por eso siento esa emoción, esa ilusión, esa
sensación de que estos dos putos días van a ser algo muy especial.
Y de contrastes va la cosa. Siempre había tenido la impresión de que lo de Killer barbies era cuestión de mucho ruido y pocas nueces... pues, en esta ocasión, ni siquiera ruido. Un sonido deficiente que llegó, a decir verdad, en el momento menos inoportuno, ya que Killer barbies son realmente un grupo con muy poco que ofrecer en directo; una sola canción, con descansos cada dos o tres minutos, escasa presencia escénica, impensable en una banda que supuestamente basa en ello su show, y nulo carisma. Un dato significativo: el público fue abandonando a medida que avanzaba la actuación... Beck esperaba en el escenario festimad.
Parece que este año los horarios no van tan ajustados como lo fueron el anterior, Beck merece mi atención, y la de tantos otros, hasta el último segundo, y eso me hace tener que apresurarme para no perderme ni una nota de uno de los conciertos para mí más esperados de este festimad. Redd Kross acaban de publicar un gran disco, es la primera vez que les veo en directo... alicientes no faltan, espectativas tampoco... y ahí estan los hermanos McDonald y sus dos compañeros actuales para confirmarlas. Las guitarras y las melodías son los elementos básicos de la música de Redd Kross, y su calidad a la hora del directo llenó la hora de concierto de fantásticas versiones de los grandes temas de sus dos últimas grabaciones en el estudio. Su show consta básicamente de eso, la música, sin más elementos adicionales, ¿hacen falta acaso?... no a Redd Kross, ni a sus seguidores, en definitiva. Nuevamente, una de las grandes disyuntivas de la música, esta vez en su vertiente del directo, pero equivalente a aquella sobre su significado-intención-trascendencia. Quizá en una sala pequeña, en su propio show, donde espero verles alguna vez, lo planteen de forma diferente, a fin de cuentas un festival, por su propia concepción y características, tiende a eliminar el propio carácter individual de los grupos, pero Redd Kross son básicamente música, sin que ello sea ni bueno ni malo, ni mejor ni peor; la magia del directo está ahí en cualquier caso, y Redd Kross la explotan para convertir sus temas en una experiencia (aún más) inolvidable. Y en uno de los pocos bises que pueden verse en un festimad, regalo en forma de recuerdo a los Beatles... guay, aunque hubiéramos preferido más ReddKross... Es difícil ver bises en un festival, por aquello de los horarios apretados, los retrasos... no es mala cosa que Redd Kross nos haga uno, aunque sea una versión de un tema ajeno; lo que ya no está tan bien es la razón de que sobrara tiempo. No voy a entrar aquí a discutir sobre las razones de la cancelación de la actuación de Suede, porque es algo que no ha terminado de trascender al público y de lo que sólo sabemos retazos de verdad, y otros, probablemente, de no-tan-verdad... tampoco voy, por tanto, a buscar responsabilidades, no sería justo sin conocer los hechos. Además, a quién le importa, en realidad... lo realmente importante es la decepción, la inmensa desilusión que supone quedarte, así, de repente, cuando ya lo tenías tan cerca, sin algo que llevabas esperando mucho tiempo. Cuando tienes tanta ilusión depositada en algo, has dedicado tanto tiempo a fabricarte tu propia isla de felicidad en medio de la mierda que te rodea basándote en esos momentos que vas a pasar en compañía de esa gente que con su música te dicen tanto... es duro saber, de repente, que todo se ha quedado en nada. Y aunque he dicho que no iba a hablar sobre los motivos, no puedo evitar pensar que todo, lo poco, que ha trascendido apunta a razones totalmente triviales... es especialmente duro ver cómo cierta gente, sean los que contratan a los artistas o, más grave aún, los propios artistas, juegan tan alegremente con algo que para los fans es tan importante; es como si ellos mismos no valoraran lo que ofrecen tanto como lo valoramos sus seguidores, y eso duele, no puedes evitar sentir que, al final, quizá todo esto, como todo lo demás, también sea una farsa, que quizá lo de in it for the money sea cierto al fin y al cabo, que esa pequeña parte del mundo en la que te sentías a gusto, diferente, porque encontrabas unos valores y unos ideales, unos sentimientos, puros, sinceros... que todo eso también está podrido, en la misma medida en que lo está todo aquello de lo que intentas huir. Y es entonces cuando te sientes realmente miserable, cuando tu vida pierde buena parte de su significado. Todas esas cosas, y muchas más, te vienen a la cabeza en momentos tristes como esos, quizá de forma injustificada, pero es una duda que siempre quedará ahí. Todos sabemos de la importancia del dinero, del corporativismo, en el mundo de la música, de la cantidad de gente totalmente ajena a ella que vive de ella, y a la que lógicamente le importa una mierda la música en sí. Pero siempre tendemos a salvar de ello a los músicos, viéndolos, al final y a pesar de todo, como las mayores víctimas de todo el montaje, que en definitiva es lo que son, pero nunca implicándoles en el propio montaje como actores de la farsa; muy al contrario, se supone que los músicos son quienes dan sentido a todo esto, expresan lo que sienten de una manera que implican al resto de nosotros, nos permiten identificarnos con ellos y sentir... por eso es especialmente duro pensar que pueda pasar que ellos mismos no se crean mucho su propia historia. Y ya digo que no sé si es éste el caso, espero que no, pero es imposible evitar pensar en todo esto. Situad toda esta reflexión unas horas antes de que Suede salieran a escena... son momentos en los que se te hace difícil siquiera pensar en disfrutar del resto del festival, aun contodo lo que queda por llegar. Afortunadamente, los dos soberbios conciertos, ya comentados, de Beck y Redd Kross me devolvieron buena parte de la ilusión y las ganas de pasarlo bien. Sorprendente, para muchos, la decisión de la organización de colocar en cabeza de cartel a un grupo español. Cuando menos, una decisión valiente. Extremoduro es un grupo capaz de atraer a una gran cantidad de público, pero básicamente público especializado, difícilmente va a llamar al público ocasional, ese que no es necesario para llenar pequeñas salas pero sí lo es para llenar un festival, de ahí el riesgo de contar con Extremoduro como uno de losreclamos principales del cartel. Se agradece; una tendencia a seguir. Los músicos ponen lo suyo, siempre lo han puesto, y la calidad está ahí. El público masivo, aún no. Quizá iniciativas como la de este festimad sean lo que haga falta. La noche de festimad... es curioso el contraste... durante el resto del tiempo, el rock, en sus múltiples aspectos y expresiones, domina el panorama; durante la noche, los sonidos cambian radicalmente. El techno, dance,... música de baile, en definitiva, lo inunda todo. No me parece mal que exista, aunque no soy seguidor de estos tipos de música, ni me gustan, más bien al contrario... pero está bien que haya de todo. Quizá precisamente por eso más de uno y más de dos echamos de menos algo (algo) de la música que sí nos gusta, también durante la noche. Siempre queda, eso sí, y ese es quizá otro de los grandes alicientes de un festival, la posibilidad de montarte la fiesta por tu cuenta, o apuntarte a la que otros, seguro, habrán montado. Realmente son cuarenta y ocho horas de festival, no dos días... son conceptos distintos... cuando, unas horas después, sale el sol, es buen momento para, quizá, relajarse, dormir un poco... la música volverá después, pero un festival siempre ofrece alicientes... Sobrinus juegan en casa (son de Móstoles). No sé si eso es bueno, o malo, o si da igual... lo que sí está claro es que, a estas horas, ni Rage Against the Machine lo tendría fácil para sacar a la gente del letargo. Me dan toda la impresión de ser una de tantas bandas de las que no puedes decir que sean malos, pero que no producen ninguna sensación especial, aunque soy consciente de que mi disposición tampoco es la mejor. En cualquier caso, la música fluye, esto está en marcha otra vez. Al principio, despacio, eso sí, con tiempo para relajarse entre concierto y concierto; o durante algún concierto. Las melodías y las voces susurradas de Mercromina invitan a ello. Justo un día después de que viéramos a Chucho, y en el mismo lugar, la otra parte de los recordados, por muchos, Surfin' bichos nos ameniza la tarde. Yo sigo pensando que la música, ésta nuestra música, se disfruta mejor de noche, pero bueno... esto es un festival. Aun así... cuando algo realmente te motiva un poco (o mucho) más allá, no importa mucho la hora que sea.
El nombre de Morphine se me hace tan poco original como sugerente. Más aún sabiendo que estos tíos rompen, de alguna manera, los moldes clásicos del rock, prescindiendo de guitarras; aquí la melodía es cosa de un saxo... o dos, para rizar el rizo un poco. En cualquier caso, ¿es esto rock?... qué más da, es música. Y es sugerente, sí. Henry Rollins, otro de esos personajes que merece la pena no perderse, aunque los ajenos a su obra no podamos abarcar toda su grandeza espiritual, que va mucho más allá de su grandeza física. Una vez más, donde hay sentimiento y actitud, allí es donde merece la pena estar, y los seguidores de Rollins nos perdonarán la intrusión, seguro. Sin descanso, a otro escenario, a otra onda, a otro mundo diferente, el del Inquilino comunista. Más prestigio para la escena local, más textos en Inglés para que los puristas del idioma ¿...? despotriquen a gusto sobre las implicaciones o supuestas motivaciones del asunto... otra disgresión no, por favor, dejaremos el tema para otro momento... el Inquilino, a lo suyo, a su música, a pelearse con un público masivo (a estas horas, ya sí) que no es el suyo, en su mayor parte; de nuevo, esto es un festival. A Doctor explosiónprobablemente le hubiera dado igual; al Inquilino, seguramente no, pero en cualquier caso los fans siempre estarán ahí. El Inquilino comunista son unos pequeños grandes veteranos en la escena de los noventa y cuentan ya con cierto prestigio, todo ello en la escala pequeña, minúscula, del panorama local. Me pregunto, siempre me pregunto, si llegará aquí, como en otros lugares, el día en que la música rock, la música de nuestros tiempos, estará generalizada entre todo el mundo, las diferentes generaciones, las diferentes capas sociales... y me pregunto también hasta qué punto eso será bueno... sí para que el Inquilino o Dover vendan muchos más discos; no necesariamente para que estos sean mejores, o para que los que hoy los disfrutamos los disfrutemos más. No lo sé. Mientras, el Inquilino, Dover, los que vienen a continuación y otros muchos seguirán formando parte de una escena musical minúscula. Australian blonde fueron, de alguna manera, en su momento, cabezas visibles de lo que se dio en llamar, aún hoy se llama, la escena indie, esto es, la escena independiente. La verdad es que no era, no es, una denominación del todo desacertada, aunque sólo sea por contraposición a la escena oficial, que en este país es de lo más vomitiva, por aburrida, lineal, monotemática, repetitiva y qué sé yo qué más... en ese sentido, escena independiente ha habido siempre, aunque quizá con otros nombres, con otros estilos... Australian blonde ahora graban para una multinacional... bueno... ¿importa eso algo?; ¿cambia eso en algo su música, que a fin de cuentas es lo importante?; en todo esto de la independencia, de lo que es, o se supone que es, alternativo, como en tantas otras cosas, hay mucho de esnobismo, que hasta cierto punto no es malo... sólo hasta cierto punto. Al final, lo único que vale, por ser lo único que queda, es la música. A veces tengo con Australian blonde, y con otros, la misma impresión que en su día tuve con, pongamos, Nirvana: ¿nos están intentando vender un producto a base de disfrazarlo de algo potencialmente atractivo, como puede ser su supuesto carácter alternativo?. Nuevamente, no lo sé... y nuevamente, no me importa. Al final, la respuesta está en la música; en escucharla y juzgarla por las sensaciones que te produce. Nada más. Me da igual que Nirvana pudieran ser, a los ojos de muchos, un producto más; su música me decía cosas que otros no me decían, y aún hoy es así. Salvando las distancias, evidentes, de todo tipo, el camino para juzgar lo que hoy en día hacen, aquí, Australian blonde y otros es el mismo: liberar tu mente de prejuicios, escuchar y juzgar por lo que sientas. Australian blonde, con su ya tercer disco reciente aún, llenaron el escenario del lago, gracias, en parte, a que en estas horas punta del festival el público ocasional acude ya en masa. Una actuación vibrante, mucho más de lo que yo esperaba de un grupo que no se había destacado nunca por un gran directo... quizá el ambiente... probablemente, el hecho de que, donde hay grandes temas, la experiencia de unos cuantos años hace el resto, y pone las cosas en su sitio. Australian blonde son algo más que la gran esperanza blanca del rock en España, y el hecho de que cualquier quinceañera despistada conozca aquello del chup, chup... no cambia la realidad que son sus canciones. Vístelas de alternatividad o de corporativismo, seguirán siendo igual de buenas. Y de uno de los grupos más significativos en el pop-rock de aquí, a otro que lo es allí, en Inglaterra en este caso. Un rato después que Australian blonde, ocupan el mismo sitio, el mismo escenario... casi se puede decir que el mismo público y... ¿la misma espectación...?; personalmente, me remito a comentarios anteriores. Al margen de la calidad de unos y otros, o de mis gustos personales por estos o aquellos, la diferencia está en la accesibilidad. Es la primera vez que tengo oportunidad de ver a Ocean colour scene, y eso es un aliciente añadido a lo meramente musical; como si eso no fuera suficiente.
Durante mucho tiempo, he estado viéndoles aparecer en revistas supuestamente dedicadas al rock potente, en programas de radio junto a Soundgarden o Live; Prodigy... nos los pintan como la última evolución que va a salvar al rock, a ese rock de guitarras tan anquilosado, a juicio de algunos, en su propia historia. Y lo van a salvar precisamente porque no intentan huir de él sino fusionarlo con estilos totalmente diferentes para crear algo nuevo y único, algo espectacular, alucinante, tanto en disco como, especialmente, en vivo. Prodigy... los nuevos gurús de la música moderna, supuestos integradores de dos de las grandes tendecias, la música de baile y el rock duro. Tradicionalmente, la gente del rock huye de todos esos engendros maquineros que se limitan a escoger un par de notas y repetirlas hasta el infinito para perforar el cerebro de algún que otro pastillero... pero no, Prodigy son diferentes, Prodigy son algo más, mucho más... Prodigy lleva a sus shows a la gente del rock, masivamente. Prodigy, la nueva frontera, el nuevo sonido... puedes estar seguro de que, si no te gusta, es que eres un pobre retrógrado atascado en el pasado, y que con el tiempo acabarás sintiéndote como tus abuelos ante los Beatles... Todo eso es lo que se nos ha estado vendiendo, o al menos lo que yo he sentido que me estaban vendiendo, durante meses, casi años ya. Por principio, y porque odio todo lo que huela a techno y similares, siempre he sido escéptico en lo que concierne a estos tíos, pero tengo que confesar que tanto bombo y platillo (nótese un tanto de ironía ahí...) me habían hecho sentir curiosidad... cada vez, y lo he intentado con buena disposición, que escucho alguna grabación de Prodigy, vomito; como lo haría con cualquier otra cosa de ese estilo. Pero tras oir, y leer, maravillas sobre su directo, sentía curiosidad. Por eso, y porque estaba allí (nunca habría ido a verles expresamente), acudí a la cita con Prodigy con mi mejor fe, dispuesto a vivir una experiencia, si no agradable, sí al menos especial, de alguna forma... alucinante, quizá... venga tíos, sorprendedme, hacedme creer que todo lo que he oído es, puede ser, cierto; estoy dispuesto a admitir mi error si de verdad merecéis la pena... Pues no hubo manera. Soy consciente de que la gente es diversa y, como tal, tiene gustos diferentes, pero me cuesta aceptar que a alguien le guste esto. No es ya que el estilo en concreto me atraiga o no, es la falta de alma, de sentimiento, que aprecio en todo esto. Cuando veo al Keith montando sus numeritos tengo la sensación de que no se cree una mierda de lo que está haciendo, es todo teatro, es todo falso. Para mí, la música es, por encima de todo, sentimiento, tanto por parte del intérprete como por la mía. Si no encuentro eso, me olvido del asunto. Durante un buen rato, intenté implicarme en el ¿concierto? (me cuesta llamar concierto a eso, la verdad...), sin resultado. Es curioso cómo, estando allí, delante, a pocos metros, de la supuesta última maravilla de la era moderna, yo no sentia nada. Lo curioso es que no puedo decir lo mismo de la masa que me rodeaba; disfrutaban, o parecían disfrutar, de aquello... yo ya no sé si los retrógrados son ellos o yo... aunque realmente da igual, lo que sí sé es que aquí me siento totalmente ajeno, que es justo la sensación que quise eliminar de mi vida, durante al menos dos días, cuando vine a festimad. Así que una hora de the prodigy es más que suficiente, de hecho es más de lo que puedo aguantar. Tiempo para salir de aquí... Y tiempo para el epílogo de este festimad. Queda toda una noche por delante, un tiempo, una vez más, para hacer lo que quieras, para pasarlo bien, para sentirte libre... para intentar escapar de más techno, más dance... (esto es ya a título un poco más personal... pero siempre con buen rollo, que conste). Mañana volveremos a nuestras más o menos tristes vidas, pero siempre tendremos por un lado, el recuerdo de estos dos días; y, por otro, la certeza de que habrá más y la esperanza de que estaremos allí, para verlo y para vivirlo.
|