Situémonos mentalmente en la época. Nos encontramos a mediados de los años ochenta. El mercado americano del tebeo, la propia concepción concepción del comic de Estados Unidos ronda ya el medio siglo de vida. Es una época convulsa, de replanteamiento de personajes que no han evolucionado desde su origen. Frank Miller ya nos sorprendió con su Daredevil: Born Again, y todavía anda tirando unos cuantos pilares con su Dark Knight Returns. Alan Moore , por su parte, construye con la inestimable colaboración de Dave Gibbons, ese irrepetible hito en las viñetas de superheroes que se llamó Watchmen. En este marco se observa una divergencia esencial entre las dos grandes casas. Marvel es la editora moderna --nacida en los sesenta--, dinámica, y representa el futuro. Mientras DC, cuyo origen se remonta atrás en el tiempo antes de que Stan Lee y Jack Kirby cambiasen el curso de la historia, se ve irremediablemente lastrada por un pasado incoherente que eclipsa incluso a esa imponente galería de personajes clásicos que posee (son casi todos los que están e viceversa); Batman, Superman, Wonder Woman , Flash... El problema es el siguiente; mientras Marvel fue concebida básicamente por dos personas (Lee y Kirby), con la clara intención desde el primer momento de plantear un universo superheróico muy poblado pero coherente, en los que los personajes interactúan y viven los mismos sucesos al mismo tiempo, la idea de poner en un mismo mundo a todos lo superhéroes de la DC, fue posterior a la creación de éstos. Esto no habría sido un problema tan grave de no ser por los inmensos, e inevitables fallos de rigor y raccord y de consistencia que se produjeron en la interacción entre los citados personajes. La solución provisional que se planteó en DC fue tomar como premisa que había una serie de mundos paralelos, incluso existiendo los mismos personajes simultáneamente en unos y otros, y situando cada historia según conviniera, en una de estas infinitas tierras o en otra. Pero esta mentira no iba a durar para siempre y de hecho, se estaba viniendo abajo. Mientras en Marvel, los actores parecían interpretar sus papeles armoniosamente, DC se convertía en una verdadera casa de... líos, en la que el lector ya no sabía situar personajes ni escenarios. DC no podía permitirse el lujo de seguir siendo el camarote de los hermanos Marx ad aeternum. Había llegado la hora de poner fin a tanto sinsentido y de tener una única Tierra en la que viviesen e interactuasen todos los héroes y heroínas. Había llegado la hora de la "Crisis on infinite earths". Así se llamó el proyecto de refundición de las múltiples realidades coexistentes en el universo DC. ¿Qué suponía ésto? En primer lugar, la simple desaparición de muchos personajes que habían quedado obsoletos. En segundo lugar, que muchos sucesos relatados en viejos tebeos, pasaban ahora a ser oficialmente hechos imaginarios (manda carallo! ¿A ver cuáles no lo eran?). Pues bien, resulta que en este marco de acontecimientos, con ese proyecto de redefinición, que se dió en llamar "Crisis en las Tierras Infinitas", ya en marcha, DC se apresuró a hacer un fichaje de alto nivel; John Byrne, el artista hot del momento. Por aquel tiempo era probablemente el autor de más aceptación popular, ya que sus tebeos vendían más que los de Miller y Simonson, por citar un caso. Con las cosas así, el veterano editor Julie Schwartz decidió que antes de que Byrne se incorporase a dirigir el futuro del primero de los superhéroes, él debía poner punto final a su carrera... por todo lo alto. Schwartz era editor, eso en los E.E.U.U. quiere decir director de colección en el negocio del comic, de las series Action Comics y Superman, ambas protagonizadas por el nativo de Krypton y siendo la primera, en la que había debutado Clark Kent, allá en el año 38, de la mano de sus creadores, Siegel y Schuster. A Schwartz no se le salía de la cabeza una idea bastante tentadora. Ya que al mes siguiente de que se retirara, se iba a redefinir por completo el Universo DC, podría tener la oportunidad de contar la historia que todo guionista de comics soñaría con contar; la última historia de Superman. No tardó mucho en decidir quién sería el dibujante de esta historia tan especial. Curt Swan era el hombre con cuyos dibujos de Superman había crecido toda una generación, incluyendo muchos de los que ahora eran famosos artistas, como los propios Moore y Byrne. Usando un símil futbolístico, Swan era a los comics de Superman lo que Di Stefano al Real Madrid. Una elección sencilla. No fue así de fácil el asunto del escritor. Estaba claro que tenía que ser alguien especial. ¿Y quién más especial que el hombre que había escrito el primer relato de Superman? Por cosas del destino, problemas de tipo legal le impidieron a Jerry Siegel convertir en realidad este sueño. Cuenta la leyenda (y el propio Schwartz por cierto), que un día mientras almorzaban, compartió con Alan Moore los quebraderos de cabeza que el asunto le estaba causando. Moore se levantó, puso las manos alrededor del cuello de Schwartz y le dijo: "Si no me das esa historia de Superman a mí, eres hombre muerto" . El resto, como dicen allá en los U.S.A., es historia. Moore escribió una narración épica, con un toque apocalíptico y un final sorprendente, todas las características condensadas que también encontramos en la que sería, a parte de contemporánea a este último relato de Superman, su obra culmen: Watchmen. Moore tenía ante sí una posibilidad única, contar si Superman había muerto y cómo. Qué había sido de sus antiguas novias y de sus amigos. Qué había acontecido con sus más terribles enemigos. "Whatever..." es un comic muy especial por cuanto intenta dar fin en sólo 48 páginas a una tradición y a una galería de personajes que vivieron durante medio siglo. De hecho, pienso que lo logra, porque ese genio que es Moore, tiene la insigne capacidad de meterse en la esencia de cada uno de los actores y actrices que tiene al cargo, comprendiendo y haciéndonos comprender a nosotros (que es lo más importante, claro ;-), cuáles son las razones de ser para cada uno de ellos. La coherencia y la claridad en la creación y estructuración del relato son las premisas siempre cumplidas por el maestro británico, y aquí las refrenda en una obra única y probablemente irrepetible, que se adelantó a lo que hoy conocemos como What If’s de Marvel y ElseWorlds de DC, pero con una cualidad que la pone por encima de cualquier producto divulgado en una de estas líneas. No es un simple comic off-continuity que se olvide al día siguiente precisamente por causa de la falta de efecto sobre el gran esquema de las cosas de los respectivos universos comiqueros. Ya que esta es --no se subestime-- la última historia de Superman.
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