Cuando se habla de bicicletas en este país, (casi) todo el mundo piensa en ellas
como en una especialidad deportiva o, como mucho, un juguete para niños. Y, sin
embargo, la bici cuenta con un aspecto que, no por olvidado, es menos
importante que aquellos; muy al contrario, yo diría que su trascendencia es
incluso mayor, por la amplitud y repercusión potencial del uso de la bici como
medio de locomoción.
Sé por experiencia que hablar de este tema, y ser escuchado, es difícil. Y lo
es porque la mayoría de la gente tiene ideas muy fijas y mentalidad muy poco
abierta al respecto, consecuencia todo ello de la educación que todos hemos
recibido, donde se nos presenta constantemente al vehículo motorizado en
general, y al coche en particular, como la panacea única e irremplazable
que había de resolver todos nuestros problemas, y se deja deliberadamente
(e intencionadamente) de lado cualquier otra alternativa.
Bien; esto no es, o no pretende ser, un panfleto pro-bici/anti-coche, como
suele tristemente suceder cuando se trata este tema, sino una reflexión. Una
reflexión que exponga esa otra parte de la realidad que a menudo se nos
oculta y que te dé pie a pensar y decidir por tí mismo.
Primero de todo, me gustaría intentar desterrar esas ideas preconcebidas (y
alimentadas desde los medios de comunicación, que sólo nos enseñan las
hazañas de los profesionales), sobre que la bici es exclusivamente para
deportistas o gente poco menos que físicamente superdotada. Nada más lejos
de la realidad. Hay muchas formas de andar en bici; se puede ir a cincuenta
km. por hora, se pueden subir cuestas de quince o veinte kilómetros... pero
también se puede pasear tranquilamente, algo al alcance de absolutamente
cualquiera, y que no requiere más esfuerzo que, pongamos, pasear a pie; con la
diferencia de que el paseo a pie no es un medio de locomoción demasiado
competitivo en términos de tiempo empleado, salvo en distancias muy cortas.
La bicicleta, sí.
La vida moderna, con todas sus glorias y sus miserias, nos ha hecho desterrar
de nuestras existencias un medio de locomoción versátil, económico, ecológico,
cómodo, rápido...; nos han vendido, y nos siguen vendiendo, el coche como la
llave de nuestra libertad cuando, en muchos aspectos, es más bien la llave
de nuestra esclavitud (los que usen a diario el coche en el centro de una gran
ciudad sabrán bien a qué me refiero). Colapso circulatorio constante,
imposibilidad de aparcar... índices de contaminación preocupantes, a los que
el tráfico contribuye en gran medida.
La bicicleta, por supuesto, tiene sus limitaciones, pero es un medio de
transporte sorprendentemente adecuado para gran parte de los desplazamientos
que realizamos a diario los entrañables urbanitas. Desplazamientos cortos, de
unos pocos kilómetros, donde una bici se puede convertir en la auténtica llave
de la libertad que el coche ha demostrado no poder ser: libertad para ir a tu
ritmo, y no al que te marca el tráfico; libertad para iniciar tu viaje cuando
tú quieres, y no cuando pasa por ahí el autobús o el tren de turno; libertad
para aparcar, a la primera y junto a tu lugar de destino, y no tres manzanas
más allá después de haber tenido que buscar un buen rato. Cuando he mencionado
el adjetivo rápido, no exageraba: un coche es un artefacto muy veloz, sí,
pero no cuando está metido en la trampa en que su propia presencia masiva
convierte a nuestras ciudades.
Para dar una visión completa y, por tanto, creíble, de la realidad, es necesario
hablar también de las desventajas del uso de la bici como medio de locomoción;
las hay, y no es posible obviarlas... pero sí solucionarlas de forma totalmente
satisfactoria. La lluvia es, ciertamente, un elemento incómodo, pero del que es
fácil protegerse; basta una indumentaria adecuada que mantenga seca el resto de
nuestra ropa. Así de simple. las pendientes pronunciadas se pueden superar sin
un esfuerzo extra significativo si la bici dispone de los desarrollos (esto es,
marchas) adecuados, algo que hoy incluye cualquier modelo de serie, incluso los
de gama más baja; y no debemos olvidar que las cuestas son la excepción, no la
regla, en la mayoría de nuestras ciudades (lo mismo para la lluvia). La
bicicleta no permite transportar bultos excesivamente pesados o voluminosos,
pero sí permite, con un sencillo equipamiento, llevar sin ningún problema el
equipaje diario habitual de muchas personas; desde la cartera del colegial al
maletín del ejecutivo.
Nos queda la cuestión de la seguridad. La bicicleta es, por sí misma, un medio
de locomoción muy seguro, causante directa de un número reducido de accidentes
que, además, son habitualmente de leves consecuencias. Pero no podemos olvidar
que la bicicleta comparte su espacio vital con otros vehículos, potencialmente
mucho más peligrosos, dado su número, tamaño, velocidad, etc. Conviene recordar
que, en cualquier caso, el primer y máximo garante de la seguridad del ciclista
es el propio ciclista que, con su prudencia y respeto a las normas, puede
reducir enormemente el riesgo de accidentes; pero siempre queda esa otra parte
del riesgo que el ciclista no puede controlar, que depende de la actitud y
respeto del resto de usuarios de la vía pública, de la misma manera que todos,
desde peatones a camioneros, dependemos mutuamente unos de otros para nuestra
seguridad. Y es aquí donde radica el gran problema del uso de la bici, sea cual
sea éste: la falta de seguridad.
Insisto en que no es mi intención convertir ésto en una búsqueda de presuntos
culpables a los que acusar de todos los males; no. Prefiero intentar aportar
soluciones. Porque las soluciones existen, pero implican actuaciones a gran
escala sólo al alcance de nuestros queridos e inmovilistas dirigentes... que
no se moverán por iniciativa propia, evidentemente. Hay dos líneas de actuación
básicas: la creación o mejora de infraestructuras y la educación.
Las infraestructuras que se requieren para facilitar el uso de la bicicleta y
aumentar su seguridad son muy básicas y, por tanto, económicas y fáciles de
implantar, si hay voluntad política para ello: aparcamientos, al menos en
lugares estratégicos (estaciones de tren, metro y autobús, polideportivos,
colegios, facultades, grandes empresas...), señalización específica, arcenes
amplios en las carreteras... la segregación del tráfico ciclista a través de
carriles bici, tanto dentro como fuera de las ciudades, es otra alternativa
muy válida, siempre y cuando se haga de forma generalizada y coherente.
Todo esto es necesario; pero de bien poco sirve sin educación. Y no me refiero
sólo a educación vial, se trata más bien de educación en general, respeto a las
normas de convivencia y a la libertad del prójimo. Y a la propia, que es la
misma. Todavía hay quien piensa que las bicicletas no son más que un estorbo
y no deberían tener derecho a circular por las carreteras o calles; todavía los
hay que aplican lo del ya se apartará o se creen con prioridad en un cruce
aunque la señalización les diga lo contrario. ¿La bicicleta un estorbo?; por
supuesto. Como usuaria y ocupante de las vías públicas que es, estorba. Lo
mismo (en realidad, mucho menos) que el coche; o el camión. Y no por ello
vamos a prohibir estos medios de locomoción, útiles y adecuados para según qué
situaciones.
La intolerancia hacia la bicicleta, generada por una carencia de educación vial
adecuada y una (interesada) desinformación que nos intenta inculcar el coche
como modelo único a seguir, es la auténtica raíz del problema. Es necesaria,
imprescindible, una labor de educación de la sociedad, de toda la sociedad,
desde las escuelas hasta los medios de comunicación masivos, para cambiar esta
situación. Y no se trata de obligar a nadie a dejar el coche en casa y
pedalear, no. Es más bien todo lo contrario. Se trata, simplemente, de informar
con libertad y pluralidad, sin engaños ni ocultismos, para que cada uno sea,
a su vez, libre de pensar y decidir por sí mismo; y si se decide por utilizar
la bici, pueda hacerlo sin correr riesgos añadidos.
No quisiera terminar sin recordar que todo esto de lo que he estado hablando
no es ninguna utopía, ni un modelo importado de algún remoto lugar de lo que
llaman tercer mundo; realmente, ni siquiera he aportado nada auténticamente
original. Todo esto existe ya, y está puesto en práctica en lugares muy cercanos,
en nuestro privilegiado y motorizado primer mundo. Porque hay lugares (países)
donde los niños van en bicicleta al colegio; las viejecitas, al supermercado;
los ejecutivos, a su oficina. Con su traje y su corbata también; a tu bici le da
igual qué ropa lleves. Los parlamentarios, a sus escaños (sí, los políticos
también). Y también al cine. O al restaurante. O al fútbol. En París necesitaron
quedarse literalmente sin combustible para darse cuenta de la utilidad de la bici;
muchos la cogieron porque no les quedaba más remedio, pero ya no la dejaron.
Desde entonces, un buen número de carriles bici han sido construidos en la
capital francesa.
Con todo ello sólo quiero exponer que no es imposible, que se puede hacer; y que
sería un gran paso, para todos. Para los que ya usan la bici, para los que se
animarían a usarla y para todos los demás, que podrían disfrutar de unas ciudades
más limpias, menos congestionadas y, en consecuencia, más saludables y habitables.
El tema es mucho más amplio, y ésto, sólo un esbozo. Espero, no obstante, dar pie
a que quienes lo hayáis leído le deis el crédito que honéstamente creo que merece,
y le dediquéis una reflexión seria. Con eso sería más que suficiente... por el
momento.
Iñaki Díaz de Etura
18.02.97
KTDral
Nos los presentan como los salvadores del rock de las islas. Como si no hubiera
bandas más potentes (que no necesariamente mejores) pateando bares por todo aquel
país, o conjunto de países... Otra cosa es que los medios decidan que al enésimo
producto que nos intentan colocar no lo van a llamar Brit pop... ¿Brit rock, quizá?.
Qué más da. Estas etiquetas, por manidas, al final han perdido todo su significado,
si alguna vez lo tuvieron. Y a quién le importa. Lo que realmente cuenta es si Ash
son una buena banda o no; si su música te mueve o no.
A mí me costó una recomendación de las fiables y un buen número de escuchas no muy
entusiastas que su música empezara a moverme, y supongo que faltaba la prueba del
directo para terminar de convencerme. Lejos de las frivolidades y gilipolleces que
nos cuentan de ellos los panfletillos del imperio (y ellos mismos, para qué negarlo),
sobre el escenario, que es donde más tienen que decir, Ash demostraron ser una buena
banda. Hicieron subir varios grados la intensidad de sus temas, desde los más
conocidos de 1977 hasta los no tanto del ya lejano Tralier; desde los más densos a
los más intrascendentes. Todo condensado en una hora que se nos hizo muy corta;
porque, cuando hay buen rollo, el tiempo pasa sin que te des cuenta; y porque una
hora ES corta. Ni un mísero bis que llevarnos a la boca. Y el caso es que la gente
tampoco se quejó mucho... si es que ya nos tragamos lo que nos den, sin preguntar
más...
Iñaki Díaz de Etura
1.04.97
KTDral
A la hora en que E y compañía salieron a escena, había bastante más gente que cuando,
una hora antes, hicieron lo propio September 67. Craso error el de la peña que
prefiere matar el tiempo con una birra mientras suelta su historia el telonero de
turno; se pueden perder pequeñas joyas como este par de jovencitas que vinieron de
América con sus percusiones, su guitarra-que-suena-también-como-un-bajo y sus voces.
Eso, y un buen montón de simpatía, fue todo lo que necesitaron para ganarse a un
público que disfrutó de sus melodías, cálidas, íntimas a veces, potentes otras. La
audiencia escuchó con atención y aplaudió con ganas.
Eels son probablemente los mejores creadores de atmósferas que me he encontrado sobre
un escenario. Uno de esos grupos que no te puedes imaginar en un gran recinto.
Necesitas tenerles cerca, ver a Butch aporrear toda su cacharrería, a E hablar con
alguien que podrías ser tú mismo... y entonces eres auténticamente parte del show,
mucho más que cuando entonas himnos memorables ante la estrellona de turno, para
quien sólo eres un puntito en la inmensidad.
Eels son realmente beautiful freaks. Y no por extravagantes, ni por autistas o
nihilistas. Raros entrañables. Artesanos de un sonido denso, profundo y característico,
en el que cuidan hasta el último detalle. Simpáticos y cercanos, casi mundanos, pero
aún con ese aura especial que tienen sólo las personas con algún encanto especial.
No necesitas subirte al escenario, ya estás allí. No podría ser de otra manera,
cuando te encuentras con alguien que te cuenta esas cosas que tú mismo quisiste contar
y nadie quiso escuchar. Porque yo tampoco estoy nunca en esa lista, y, al final,
quizás (quizás) no me esté engañando a mí mismo cuando pienso que el problema no está
en mí, sino en mundo en sí.
Novocaine for the soul me sonó extrañamente familiar la primera vez; la misma
sensación que me producen ahora los temas, algunos, que no conozco... o quizá sí.
Auténtico paradigma de toda la magia que la música lleva consigo cuando está creada,
e interpretada, con sentimiento. Una extraña mezcla de melancolía e ironía; por eso
es beautiful, y por eso es freak.
you're not like all of the others, and that's why I love you
Iñaki Díaz de Etura